
El amor por la música instrumental solista – Kora - Intimidad y autenticidad
Cuando la música habla sola: un viaje a la intimidad del sonido. La música instrumental solista revela la emoción pura y la sinceridad de la interpretación de un músico.
RÉFLEXIONS
Jérôme De Cuyper
9/26/20253 min leer


¿Por qué me atrae tanto la música instrumental solista? Porque llega directa al corazón, sin filtros ni concesiones. En un mundo donde hemos perdido el hábito de escuchar de verdad —la música, a los demás y, en definitiva, a todas las formas de lenguaje—, sigue siendo un espacio excepcional de sinceridad y libertad.
La música es una voz. A menudo habla donde las palabras fallan. Pero hay una sutil diferencia entre el discurso colectivo y la voz íntima de un músico que toca solo. Cuando escucho una pieza solista, siento como si escuchara un secreto. Es como si el artista me susurrara directamente lo que lleva en el corazón, con todos sus matices, fragilidades y colores únicos.
Esto es exactamente lo que sentí la primera vez que escuché a Toumani Diabaté. Su kora parecía respirar con él. Cada nota vibraba con sinceridad, sin concesiones. En ese momento, comprendí que la música solista podía alcanzar una profundidad única, una forma de verdad pura.
La singularidad del solo versus el colectivo
Claro que tocar en grupo tiene su riqueza: la energía compartida, el diálogo, el impulso compartido. Pero a menudo, el estilo personal de un músico se diluye. Para integrarse en un conjunto, hay que amoldarse, reducir parte de la libertad para armonizar con los demás. El resultado suele ser armonioso... pero también más formal, más predecible.
Solo, no hay dónde esconderse. Todo depende de una persona, de un aliento. Y ahí es precisamente donde reside la belleza: en esa desnudez sónica donde el artista solo puede ser él mismo.
La tentación de los “bucles”
Al principio, exploré los pedales de bucle. Crean la ilusión de varias personas tocando a la vez y permiten crear texturas y capas de sonido. Usé mucho esta técnica en mi espectáculo "Música en Blanco y Negro". Pero pronto me di cuenta de que creaba una jaula invisible, y que el tiempo que requieren acaba pesando tanto para el músico como para el oyente. El bucle congela la música: lo que se graba una vez se repite idénticamente, una y otra vez. Impide el matiz vivo, el pequeño aliento que difiere de una noche a otra.
Terminé prefiriendo el riesgo de actuar al desnudo, con toda su fragilidad. Porque ahí es donde realmente brota la emoción.
El milagro de los instrumentos polifónicos
Lo que más me gusta son los instrumentos que se sostienen por sí solos: el piano, el acordeón... y, por supuesto, la kora. Permiten escuchar tanto el bajo como la melodía, como si varios músicos coexistieran en las manos de uno solo.
En un piano o balafón, hay que pensar en "mano izquierda/mano derecha". En una kora, el equilibrio se logra con "ambos pulgares e índices". Esta independencia es un verdadero reto: hay que lograr pensar en dos voces distintas al mismo tiempo. Pero una vez que el cuerpo se acostumbra, ocurre algo mágico.
Entramos en un estado placentero: el músico se divide en dos, se convierte en su propia orquesta y cae gradualmente en una especie de trance. Un placer intenso, donde el tiempo desaparece y la música parece tocarse sola.
Estar solo…pero nunca aislado
Tocar solo no significa aislarse del mundo. Al contrario, es quizás la experiencia más directa de compartir: ofrecer la voz interior, sin artificios, al oyente. Cuando actúo en el escenario, a menudo siento que esta conexión se fortalece aún más: una persona tocando, otra recibiendo, y entre ambas, un silencio vibrante que lo mantiene todo unido.
Y, sin embargo, escuchar música instrumental ha disminuido significativamente. Los grandes medios de comunicación han contribuido en gran medida a ello: conciertos en televisión, emisiones de radio... todo esto ha desaparecido gradualmente, reemplazado por música formateada y calibrada para un consumo rápido. Esta desaparición gradual de los espacios de difusión ha empobrecido nuestro oído colectivo. ¡Y al mismo tiempo, ha empobrecido a los músicos!
Para mí, esto es el amor por la música solista. Un espacio frágil, pero de una intensidad excepcional. Un momento donde uno se siente vulnerable y libre, profundamente humano.
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📍 Charente-Maritime, Francia
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